Los Sueños de Piedra

De sueños, monstruos e idealistas

Existen varias imágenes que dibujan con especial encanto el mundo de la niñez y que han venido hoy a mi mente.

Dos cuentos que narran juegos entre niños, de Cortázar y Chejov respectivamente, son dos de mis favoritas.

Hay también una imagen que recrea Galeano en un relato ya no sólo de la niñez sino de la relación de los padres con ella y que por cierto me recuerda a una foto que una amiga tomó donde se ve a un niño pequeño mirando hacia arriba, justo al lente de la cámara. Lo interesante de la foto son las dos perspectivas que retrata, tanto la del niño como la de la fotógrafa: la niñez y el adulto, su mirada que engrandece todo lo que ve porque mira desde una altura menor un mundo gigante y la nuestra que hace todo mucho más pequeño que cuando éramos niños porque viaja de arriba hacia abajo, como desde un panóptico, sin dejarse sorprender por nada. El relato de Galeano, decía, me recuerda a esta foto, porque todos tendemos a idealizar siempre el mundo de la niñez, como si la ternura no estuviera acompañada del dolor y como si los problemas que a nosotros desde nuestra arrogancia nos parecen pequeños, a ellos no les parecieran igual gigantes. En esa misma línea, uno de los cuentos más bellos, además por sus ilustraciones, es el ya clásico “Donde viven los monstruos” (Where the wild things are) que retrata lo maravilloso y doloroso de la imaginación cuando hay que empezar a comportarse menos como un niño y más como un adulto: 

Una imagen distinta surgió en una clase de idioma extranjero cuando aprendíamos a conjugar un tiempo verbal específico. Los ejemplos de utilización de dicho tiempo recurrían a la muy usual pregunta que se hace a los niños, ¿qué quisieran ser cuándo sean grandes? La respuesta de uno de los niños de los ejemplos era que él quisiera ser guardia, porque así podría estar despierto toda la noche y tener un perrito. Esta imagen desnudó sueños aún no ajustables a la realidad tal cual es. Como si los niños exploraran sus sueños en sus juegos, jugando a ser futbolistas, astronautas o pintores, sin tener instrucciones ni ideas claras de lo que implican cada una de esas “profesiones” en la realidad: ellos crean a los astronautas cuando los imaginan; luego llegan a su casa a lavarse las manos, comer y dormir y, tal como los kropeks de Chejov, sus trajes pierden su encanto hasta el próximo juego. Los adultos, por otro lado, tratan de ajustar “la realidad” a “sueños posibles”, volviendo la realidad un espacio estático siempre igual por el que transitar. Lo importante de los niños es que saben jugar, dice en algún lugar Benjamin, los adultos en cambio han perdido eso .

Vinieron hoy estas imágenes a mi mente entre otras cosas por un post publicado recientemente por Silvio Rodríguez en su Blog Segunda Cita a propósito del huracán que pasó por Cuba. El referido texto se titula “Materialmente Pobres” y menciona que lo mejor que tiene Cuba es su gente por su formación de calidad, pero menos en el sentido de mano de obra calificada y más en el de un ideal suyo que cree en el trabajo puesto al servicio de un compromiso con el sueño y la construcción de un mundo diferente. Cito dos partes del texto que me gustaron especialmente:

Quizá pecamos de idealistas, pero teníamos dos mundos que comparar: el injusto que habíamos vivido y el solidario que soñábamos construir.
La actualidad parece estar violentando nuestro espíritu al volvernos realistas, lo que en cierto sentido podría parecer que nos empobrece, porque nos hace sacar más cuentas, no sólo de lo que tenemos y aspiramos sino de lo que estamos dispuestos a dar.
Vinieron pues estas imágenes a mi mente al pensar en los idealistas de siempre, como Silvio, en los sueños, en los juegos y también en los realistas, sobre todo en los recientemente realistas, antes soñadores estudiantes, ahora egresados que quieren estar a la altura de la profesión. (Es curioso cómo se cumple cual ley que los estudiantes parezcan embriagados de rebeldía y una vez fuera de la universidad el chuchaqui los vuelva terriblemente “sensatos”, sensatez que empieza a la vuelta de la esquina de nuestra niñez, con la adolescencia y su duro camino a la edad adulta) Unas imágenes que me parecen justas con el mundo que vivimos cuando niños porque tratan la ternura con juegos, monstruos, dolor, sueños e imaginaciones poderosas, tan poderosas como la realidad que ahora ya de grandes veneramos y cumplimos sin más, olvidando que la historia es mítica y que la inventamos para hacer andar el tiempo o, peor aún, predicándolo únicamente para distinguirnos.

5 comentarios el “De sueños, monstruos e idealistas

  1. Mithrandir
    noviembre 15, 2012

    De alguna forma toda la estructura de la educación formal está dirigida e impulsa la extraña, pero por ahora efectiva, idea de que los niños deben abandonar su niñez, renunciar a ella en función de poder conocer y experimentar la realidad, metódicamente dejar de ser niños y empezar a ser de verdad personas. La vida adulta cumple la función de condición de proyección ideal a la que se proyectan a todos los niños, por fuera de las paralelas distinciones entre tontos, torpes, brillantes, sagaces, dormidos, bellos, capaces, vagos, etc., que se realizan en toda la estructura educativa, pues uno puede ser un adulto tonto o brillante pero adulto al fin. No es coincidencia que muchos de los “juegos” planificados por los adultos consistan en que los niños “jueguen” a ser adultos, ni que la masiva mayoría de literatura infantil sea escrita por adultos y esté disfrazada de inocencia. Sin embargo hay libros como “donde viven los monstruos” que procuran ir más allá y abren un mundo donde lo la inocencia no es simplemente “no saber lo suficiente sobre el mundo y sus reglas” sino el poder saber y ser demasiado, tanto que un solo mundo no pueda contenerlo, es el sencillo saber que ser es siempre ser otros; en palabras del Niño maldito de la poesía Arthur Rimbaud: “yo es un otro”.

    La lección básica de la educación cuya paradójica estupidez quizás se recuerda demasiado tarde es que la libertad que nos espera al llegar a una edad “madura” no viene sin sacrificios y muchas veces sin auto mutilaciones, quizás la más triste sea todo lo que abandonamos en pos de crecer. ¿quién demonios prefiere a un adolescente a un niño? ¿no es sintomático que la adaptación a la vida adulta implique un tiempo tan conflictivo como la adolescencia? que se asume como un tiempo en que la rebeldía es permitida, la desobediencia casi obligatoria y uno de los pocos momentos de la vida donde se observan el pasado y el futuro con el mismo desprecio; no desprecian acaso los adolescentes tanto el mundo infantil como el adulto?. quizás este el tiempo en que los sacrificios se vuelven más conscientes y por lo tanto más voluntarios, al llegar a la adultez de alguna forma nos llega la sensación de haber sido traicionados, como si lo prometido a cambio de tantos sacrificios sencillamente no valiera la pena, y la nostalgia empieza a latir.

    Lo sospechoso es que la sociedad abre de alguna forma un espacio, tanto temporal como físicamente, en el que la ilusión, la imaginación viva, la inocencia, la creatividad desbordante, la amistad sin dudas, el dolor y la tristeza por lo mínimo, y todo lo que implica la niñez fueran permitidos, pero en forma de agotamiento. Es decir ahora puedes soñar todo lo que quieras porque después deberás prescindir de los sueños, ahora admiro la magnificencia de lo más pequeño porque después te darás cuenta de que es inútil, crea todas las realidades que quieras, has que aparezcan y desaparezcan a tu voluntad, compártelas y explorarlas intensamente, porque después la realidad estará hecha y el secreto ya no será como crearla sino como adaptarse a ella, etc. La niñez es un espacio clausurado cuya función es autoconsumirse, agotarse, sacrificarse metódicamente, y por lo tanto negarse como presente. Arrojados siempre a lo que serán, el mundo nunca es de los niños, se les promete el mundo en el futuro es decir justamente cuando ya no sean lo que son, arrojados fuera de la estructura “productiva” al menos legalmente se les “permite” ser todo cuanto no pueden ser en el futuro, y no es extraño que su situación de “libertad” esté fundada en, y vigilada por, dos de las instituciones más rígidas que existen; la escuela como espacio de la reproducción de lo social y la familia como centro de la primera socialización.

    Ahora la nostalgia tiene varios caminos posibles; entre ellos creo que la venganza y el regocijo melancólico laten a diferentes ritmos sobre el mundo. Podríamos comprender el arte como una forma institucionalizada de nostalgia; el querer volver a ser niños, en toda su potencialidad creativa, en su capacidad de multiplicar la realidad con la misma calma con que se cierran las puertas de lo creado, pues no es acaso la creatividad infantil tan artística que sencillamente no lo es, no es acaso su forma de destruir constantemente el mundo que se les entrega en forma de significados, usos, apreciaciones, sensaciones reificadas en los objetos, en las personas y en las relaciones, un modo de rebelión latente, de recreación constante de la realidad, como si vivieran bajo el supuesto de que la realidad solo es posible porque no hay realidad, y quizás su forma de generar y vivir simultáneamente la forma más brutalmente clara de praxis. No es acaso el arte una voluntad de regresar a ese estado abandonado, retorno imposible siempre, una nostalgia de lo perdido especialmente porque fue sacrificado porque la nostalgia es siempre no solo el deseo de regresar a un tiempo o a un lugar sino el regresar a ser lo que eramos en ese tiempo y lo que podíamos todavía sentir o crear.

    Y si como Adorno afirma “toda reificación es un olvido”, entonces la nostalgia encuentra su fuente en la memoria de lo perdido y su venganza en la destrucción del Tiempo social como lo conocemos. Mientras tanto la libertad será solo posible como conciencia de lo ausente, tanto de lo que se ha perdido como de lo que no se ha ganado, la búsqueda artística y la nostalgia sobre la niñez ocuparía el lugar del alma en esta hermosa frase de Adorno: «A la postre el alma es el anhelo de salvación de lo carente de alma.»

    • Eta Carinae
      noviembre 15, 2012

      Cierta tristeza que acecha las mañanas frías nos recuerda, a modo de cobrador de arriendos, que pocas promesas se pueden cumplir. Estamos en mora permanentemente, sabe Quién a dónde irá a parar tanto y tan poco. “Karamazov -dijo Kolia-, ¿es verdad que resucitaremos después de la muerte y volveremos a vernos todos? ” A la niñez, que es arrastrada durante todas las demás etapas de la vida y por eso es la edad más antigua, puede aplicársele el siguiente criterio: “lo único que le torturaba era el recuerdo… Y no sólo el recuerdo, sino la viva representación de lo que habría podido suceder “(Tolstoi).

  2. Eta Carinae
    noviembre 18, 2012

    Ayer vi una película que se complementa de algún modo (se producen tambipen divergencias) con lo que puse más arriba: “Karamazov -dijo Kolia-, ¿es verdad que resucitaremos después de la muerte y volveremos a vernos todos?”
    Miren la Escena final de Big Fish:

    • Mithrandir
      noviembre 18, 2012

      Hay muchas formas de inmortalidad…

  3. Pingback: Un hilo dorado en el abismo | Los Sueños de Piedra

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Esta entrada fue publicada en noviembre 14, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , , , , , .

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