Los Sueños de Piedra

¿Es una obra de arte mejor que otra?

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Primeras consideraciones

En el espacio para abrir discusiones que me propongo ocupar, dejo sembrada esta pregunta: ¿Es una obra de arte mejor que otra? Ése es el único objetivo de este post que tiene la intención de no agotarse en su primera publicación si no de irse ampliando en profundidad con el paso del tiempo, se irán haciendo ampliaciones de acuerdo a la discusión y a la lectura de una serie de textos y literatura que se llevará a cabo los siguientes meses. Un ejercicio de espeleología abierto a todos los interesados, si se quiere. En un principio la pregunta tenía esta formulación: “¿Se puede decir que una obra es mejor que otra?”; pero se la cambió teniendo en cuenta que la discusión se confunde aún más con el “se puede decir” inicial, que ubica la centralidad de la pregunta en quién observa y no en el objeto mismo. Ahora, si bien situamos la pregunta en el objeto mismo, lo hacemos teniendo en cuenta que la existencia de ese objeto como tal está supeditada a la experiencia de aquel por parte de un observador. Lo mismo que sin duda cabría decir de habernos quedado con la pregunta inicial pero invirtiendo la consideración: la opinión subjetiva de una persona (sus gustos también) está en dependencia de aquello que observa, y más precisamente de la historia de interacciones (personales y sociales; ontogénicas y filogénicas) entre la obra de arte (las obras de arte) y el individuo que observa. En resumen: quién observa y el objeto de observación no son entidades que se puedan entender autónomamente si lo que se busca es hablar de arte, separables la una de la otra, se requieren mutuamente para existir por que se definen recíprocamente: todo lo cual no implica su indiferenciación. No se toma, por tanto, ni al arte como una materialización del espíritu (formulación mística), ni al arte como un objeto puro que prescinde de su creador (formulación mistificada).

El proceso de contemplación o interacción (mucha distancia separa ambos términos) de una obra de arte no es un encuentro virginal. El observador llega ya con un modo de pensar específico en el plano biológico: una estructura mental definida (pero no cerrada, si no más bien plástica) por los caminos evolutivos de la especie en términos cognitivos. Lo cual determina cuestiones físicas básicas como el rango frecuencias de ondas que podemos percibir, tanto de luz (color) como mecánicas (auditivas). Por otro lado, está toda la región de elementos subconscientes en su relación con la formación consciente de cada persona. Sea vista como adquisición de arquetipos, formación del Yo a partir de los otros, o proceso de represión cultural, existe predisposición en el observador a nivel de patrones  mentales (que no estructuras mentales) inaccesibles pero además constantemente cambiantes. En tercer lugar, el observador llega a su encuentro con la obra de arte como producto de su proceso de socialización, como un niño o niña con una determinada historia pedagógica. Lo cual no implica únicamente los “contenidos” que ha aprendido, si no también, evidentemente, las cargas emotivas que le han permitido o impedido ciertos procesos de aprendizaje: temores, pasiones, amores, incertidumbre, etc. Todo lo cual es reconocible en una obra de arte. Como cuarto factor ponderamos la existencia de determinadas formas de adquisición de capital cultural, que permite el consumo de formas específicas. Y aquí no sólo debe tomarse en cuenta la posición particular de cada persona en el entramado del capital cultural, si no también en el del capital económico, en la posición de propietario privado de determinados factores de producción (trabajo en la mayoría de los casos, capital o recursos naturales en los menos).  Digamos, por último, que hay más causas efectivas del comportamiento específico de un observador frente a una obra de arte que tienen que ver con la forma en que su tiempo ha sido seccionado para tener espacios de ocio (consumo) y trabajo (producción), siendo que no siempre ese “seccionamiento” es explícito ni evidente y que tiene muchas formas de volverse confuso e indeterminable.  No agotamos aquí, ni de lejos, los factores que intervienen de un lado del encuentro; tampoco les otorgamos una jerarquía definible desde el exterior, pues más bien están todos “enredados” modificándose mutuamente. Es evidente, además, que no todos los elementos tienen el mismo peso, pero todos están presentes. Únicamente recordemos que en todos estos cinco puntos de vista se puede apreciar tanto la historia positiva de cada observador (lo que su educación, su personalidad, sus caracteres fisiológicos, su posición económica o su experiencia cultural le permiten), sino también la negativa o truncada (lo que le impiden en el momento exacto de la observación), y que por lo demás ambas están sujetas a cambios intra-generacionales y epocales constantes.

Después tenemos que tomar en cuenta cómo llega la obra de arte a ese encuentro. Aquí se imponen consideraciones acerca de la técnica en primer lugar. El arte, en cierto momento que no es absoluto, es técnica: es la aplicación de un saber mediante herramientas histórica, social y económicamente disponibles en cuyo proceso se pone en juego la totalidad de ese saber; nunca se repite, cada acto es creativo en la medida que es único e irrepetible, además de que marca un camino específico en la deriva histórica que le concierne. Evidentemente hay que hacer las distinciones necesarias entre técnicas manuales, artesanales, industriales, mecanizadas, robotizadas, automáticas, etc. También es preciso tomar en cuenta el modo en que el aparecimiento de otras técnicas ajenas al arte, terminan por modificar el arte en el futuro: la fotografía o el cine como reproducción técnica en su momento, o la posibilidad de que la nueva tecnología amplíe los límites perceptivos humanos, insertando por ejemplo la capacidad de captar luz infrarroja, o de generar música directamente con el cerebro. Luego podemos hacer consideraciones acerca de cómo la obra de arte puede considerarse como un lenguaje o un mensaje, en definitiva, como una forma de comunicación; y después hay que definir que postura se toma específicamente, a ver si acepta que se transmiten mensajes a través del arte, es el arte en sí mismo un mensaje, u otras tantas posibilidades. En tercer lugar, conviene aclarar los distintos momentos que tiene el arte: producción, reproducción, etc. Pensando, en concordancia con la primera consideración de este párrafo, qué técnicas son empleadas para ello. Como cuarto punto hay que problematizar acerca de la complicada delimitación del arte, realizándose las siguientes preguntas: ¿cuál es el límite del arte y la cultura? ¿cuáles son los límites entre particularidades culturales y arte universal? ¿existe arte universal? ¿quiénes son los artistas? ¿cuál es el papel de la espontaneidad en el arte? Así por ejemplo tendría que abordarse cuestiones espinosas como el arte callejero, el arte infantil, las coplas o amorfinos, etc. Pero también acerca de la posibilidad de tomar productos elaborados industrialmente como artísticos: el reggaeton, el arte pop, etc. Por último, tampoco puede olvidarse lo que para el marxismo (vulgarón y semi-vulgar, en los peores casos) encerraba el complejo siguiente de problemas, por lo demás muy válidos: la relación del arte con su época o con acontecimientos sociales altamente significativos (arte y revolución, arte del exilio, etc.); la relación del arte con la política (acerca del modo en que el arte expresa compromiso social, la valoración que se hace de artistas valiosos, revolucionarios estéticamente, pero conservadores políticamente, el arte como mensaje de protesta, etc.)

Si bien el encuentro no es virginal, no quiere decir que no sea único y novedoso cada vez que ocurre. Además se debe tener en cuenta que aunque hemos hecho consideraciones separadas acerca de las obras y de los consumidores de las mismas, no debemos perder el punto de vista de la relación que tienen; en primer lugar del modo en que el consumo de obras de arte modifica al observador mismo en todos sus planos (incluso fisiológicos, aprendiendo a distinguir con facilidad colores o sonidos, por ejemplo), en segundo lugar del modo en que la constante observación de obras de arte termina por transformarlas (en su significación social, por ejemplo, aunque también materialmente de acuerdo a la forma de exposición o reproducción, etc.) como en el caso de las obras exhibidas en grandes museos o de las canciones repetidas en las emisoras de acuerdo a sofisticadas programaciones del marketing viral. Todo esto sin olvidar el momento coital/reproductivo que se da entre la obra y su productor, lo cual requiere toda una vasta serie de consideraciones adicionales.

Como queda dicho, estas son unas primeras consideraciones acerca del tema del arte y en particular como intentos de avizorar la pregunta: ¿es una obra mejor que otra? En siguientes ampliaciones de este texto se tomarán en cuenta todas las discusiones que surjan, sean estas externas a la historia del blog (Rolling Stones y el rock en general, rock latino, lírica vs. música, forma vs. contenido) o internas a él, como en los posts sobre Satie, la discusión música académica con jazz, etc. E inclusive con todo post que haga referencia al arte (son muchos). Se tratará de retomar en su momento la discusión en toro al erotismo, aspecto ligado al arte. Y como ya se ha señalado, se incrementará el cuerpo del texto con lecturas de varias orientaciones (exploraciones en la Escuela de Frankfurt, Dostoievski, Kafka, Borges, lecturas del GDL, García Márquez, Hemingway, Gallegos Lara, Mishima, poesía variada, libros sobre historia del arte, y en general varias lecturas de los últimos meses y de los meses siguientes), reflexiones en torno a variados estilos musicales (MPB, conciertos en Quito, Rock Clásico, música del caribe, de argentina, fusión), la reflexión sobre cine y sobre cocina, etc. En fin, falta mucho por enlistar, necesito su ayuda.

 

 

3 comentarios el “¿Es una obra de arte mejor que otra?

  1. Pingback: Misterio y literatura | Los Sueños de Piedra

  2. AbaoAqu
    octubre 31, 2012

    Voy a rescatar dos posturas que me parece que igualmente han tratado de aportar a esta discusión del arte. Una es la de Lisistrata y su introducción del punto de vista sociológico de Pierre Bourdieu: http://www.ub.edu/penal/docs/melomanos.html
    Y otra, en el mismo tema del gusto musical que Bourdieu inaugura, pero no exactamente desde un punto de vista social sino más bien antropológico o incluso biológico -aunque sin duda siempre social:el post Una vez más.. La música
    Creo que es importante rescatar dos cosas de estos aportes. Por un lado, en nuestro intento de entender nuestra relación con la música hay que saber entenderse a uno mismo desde la posición de la que habla y, como dice el mismo Bourdieu en el artículo de los intelectuales, romper así el encanto en el que se hallan inmersos los que están a la moda, o a la vanguardia, o que simplemente defienden su gustos como más puros o bellos. Pero, por otro lado, también hay que saber entender que el mundo no puede prescindir del encanto del arte y que la distancia que nos da la ciencia no debe alejarnos de nuestra relación íntima y de algún modo mágica con la experiencia artística.

  3. Pingback: Un hilo dorado en el abismo | Los Sueños de Piedra

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