Los Sueños de Piedra

Trepado en el Expresso 2222

El escenario por fuera

Hay un punto en las tarde veraniegas de Quito en que se pasa rápidamente del calor al frío. El sol, que juega con nosotros quemándonos y acalorándonos, decide por fin que está aburrido y se va. Y comienza, sin que se haya ido toda la luz, el reinado del viento. Del viento que por las mañanas se alía con el sol y muchos débiles para incendiar todo lo que se pueda, y por la noche se convierte en frío. Hay que ponerse en ese punto la chompa y tratar de retener algo del antes excesivo calor que se sentía, más si uno está en una plaza abierta, al aire libre; y más aún si uno se encuentra en la Plaza del Teatro, la entrada al centro de Quito, ese lugar donde no sólo hay frío del de afuera sino sobre todo frío del de adentro. El mundo que se refleja en el extremo occidental de la Plaza, el que aloja la calle Guayaquil, el carril del trole y una hormiguera ruta comercial, es invadido por un mundo diferente: el de los baby intelectuales. El de los alternativos de plata, que tienen una forma exhibicionista de mostrar su capital cultural, sin importarles que a veces sea únicamente de alcance barrial (de la Floresta o de Guápulo). ¿Por qué se han reunido ahí? ¿Por qué sostienen copas de vino en medio de la Plaza del Teatro? ¿Por qué ignoran sus sentidos los gritos de las vendedoras? y claro, ¿qué hago yo ahí metido? Cierto que pertenecemos, y no sólo por decisión, a un determinado grupo de la sociedad, que construimos y reconstruimos constantemente un habitus particular. Pero cierto también de que uno puede disgustarse con lo que uno ve, y con cosas de las que uno mismo inexorablemente participa. Y más cierto aún, que pese a que en ciertas cosas uno entre inevitablemente dentro del mismo saco, uno pueda señalar diferencias con su propia actitud y su propia práctica cotidiana; autorizándose también por ello a decir, cuando sea conveniente, y a veces cuando sea inconveniente (es más jugoso) que muchos de los intelectuales, poetas, artistas y promotores culturales de nuestro cantón Quito son personajes de pacotilla, y que muestran prácticas discursivas y operativas tan consistentes como las de un año viejo (sin que por eso vayamos a quemarlos). Bueno, ¿por qué estoy ahí? Ya lo recuerdo, por Gilberto Gil.

¿Quién es Gilberto Gil?

Gilberto Passos Gil Moreira es un cantante y compositor bahiano de 70 años cumplidos. En su Bahía natal, de muy niño, hacía lo imposible por no perderse las procesiones religiosas al niño Jesús. Esa fue su primera experiencia con la música, registrada en sus varias versiones de Procissão. Pronto creció y se vinculó con varios instrumentos; primero el acordeón y luego la guitarra, de la que no se separa hasta ahora. Llevando en su memoria todos los sonidos del Nordeste brasileño viajó hacia el centro y sur de su país, donde se encontró con una eclosión cultural y con la política. Junto a otros signos emergentes de una cultura más auténtica en el Brasil, Caetano Veloso entre ellos, funda el movimiento Tropicalista, (un collage con bossa nova, sicodelia, fado portugués y los ritmos negros de Bahia) de fuerte presencia renovadora y causante de molestias a la dictadura reinante en los 70. Y por ello llegó el exilio, que lejos de apagar la llama creativa de Gil, lo enfrentaró con el Rock n’ roll en auge en su lugar de exilio:  Londres (Back in Bahia relata aquel sentimiento).  Todo esto sin contar de su encuentro con Bob Marley y el reggae. En fin, uno de los más consistentes representantes de la MPB o Música Popular Brasileira.

El escenario por dentro

Música Popular Brasileira: música para el pueblo brasilero, como en Aquele Abraço, no como en el teatro Sucre. Y más que por la nacionalidad de la gente (pues de hecho se contó con algunos representantes brasileños), por su dudoso carácter popular. Y es que hay que ponernos en contexto: un concierto de un brasileño en general desconocido en el país, un concierto con precios relativamente elevados, la actual preferencia del propio Gil por escenarios más íntimos como ése, con las empresas brasileñas que trabajan en Ecuador como auspiciantes del evento (y su correspondiente derecho a tener no pocos invitados, pues de todos modos son del calibre de Oderbrecht), y por qué no decirlo, con la cuota mínima de gusto adquirido que se requiere.

En fin, cuando se hicieron las tres llamadas de rigor, hubiéronse sentado todos en sus asientos asignados (no quedaron huecos), y los invitados del caso se resignaron a dejarse sorprender por algo que nunca habían escuchado, se descorrió el doble telón. Inclinado hacia el público, en disposición humilde, pantalón blanco y una especie de buzo algo transparente pero negruzco apareció en escena el principal de los músicos. Él en el centro del escenario, algo tirado hacia la derecha. A la izquierda, su derecha, tres músicos más: un famoso celista brasileño, un violinista francés que fue a buscar la música brasileña y termino por quedarse a vivir, y el hijo de Gil al mando de una guitarra eléctrica. A su izquierda, la derecha del espectador, una caja de resonancia de plexiglás no encerraba a un percusionista y sus mil instrumentos.

Concierto de cuerdas y máquinas del ritmo

Tras la primera canción y el tibio aplauso del público habló Gil. Con un español más que decente explicó el nombre del espectáculo. Cuerdas: las vocales suyas, las de su guitarra acústica, las del celo, las del violín y las de la guitarra eléctrica; máquinas del ritmo: batería, bongós, timbales, berimbáu, pandero, reco-reco, agotó, atabaque, cajón peruano (nos enteramos de su historia) y con seguridad estoy dejando algunos más afuera.

Se entregó al inicio un programa donde se detallaban las canciones que se interpretarían (incluido un bolero mexicano reconvertido y una versión en idioma original de Jimmy Hendrix), pero se tocaron varias más. Por momentos, pocos aunque significativos, el público parecía encenderse. Al menos los aplausos después de algunas interpretaciones se hicieron más largos y calurosos.

Impecable, Gil apenas tomó un sorbo de agua, dejó el vaso a la mitad. Cuando sus compañeros descansaron él siguió solo, o más bien con su guitarra, pero esta vez como percusión a un índice izquierdo y un pulgar derecho.

Si al principio parecía algo exagerado nombrar a sus propias cuerdas vocales como parte de las cuerdas, luego todo fue una fiesta de su voz. Suave cuando se la necesita así (Desde que o samba é samba), puede ponerse muy festiva y alta (Domingo no Parque). Puede convertirse en el rumor del Mato-Grosso con sus aullidos e improvisaciones (Eu Só Quero Um XodóOriente), o adaptarse a un rap urbano (Haiti). Nunca calza mejor el decir viva voz.

A quien corresponda

Todas las canciones a las que aquí se aluden están incluidas en el disco “As XX melhores do século XX“, fácilmente descargable de varios sitios.

Parte de la presentación y el ensayo previo al concierto:

La versión carioca (extendida en cuanto a la orquesta) del mismo concierto:

El “teaser” en el canal del propio músico:

Stevie Wonder compartiendo con Gilberto Gil:

Un comentario el “Trepado en el Expresso 2222

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