Los Sueños de Piedra

Consolidación y límites

CONSOLIDACIÓN Y LÍMITES

Mario Unda Lalineadefuego <www.lalineadefeugo.info>

El populismo correísta tiene por ahora las mejores posibilidades de triunfar en los próximos comicios. Pero, aún lográndolo, el resultado puede mostrar importantes modificaciones en las relaciones de fuerzas.

Ahora –pero ya desde antes– se mueven las frutas de cara al proceso electoral de inicios de 2013. Ya hay candidatos y precandidatos. El primero fue el propio Correa, cuyos partidarios agitaban la consigna de la relección antes aún de concluir el año anterior. Luego se han anunciado Álvaro Noboa y Guillermo Lasso. El gobierno tiene su carta fija; la derecha aún baraja posibilidades; la izquierda mira hacia adentro y hacia el centro. Los próximos meses irán despejando el panorama.

Pero las elecciones de 2013 no se producirán en iguales condiciones que las de 2006 y 2009. Signos diversos se dibujan en el horizonte.

La situación internacional

En el plano internacional, la crisis mundial del capitalismo, que no estuvo presente en los dos procesos anteriores, no parece retroceder. Las burguesías de los países imperialistas continúan empeñadas en cargar sobre los trabajadores y los pueblos el peso de la recuperación, e insisten en el recetario neoliberal.

Para nosotros, país dependiente exportador de materias primas, la repercusión, si bien retardada, por fin llega bajo la forma de precios más bajos del petróleo en el mercado internacional, lo que agrava la situación de una persistentemente deficitaria balanza de pagos.

Las resistencias, a pesar de importantes éxitos, no han logrado aún revertir la situación, tal como se advierte en las últimas elecciones en España, Francia y Grecia, aunque probablemente la derecha tampoco tendrá las manos completamente libres como para instaurar el capitalismo salvaje, por lo menos al principio, pues los resultados electorales muestran que el descontento es extendido y que el comportamiento electoral y la protesta social están conectadas.

Tampoco en América Latina el panorama está tan estable como lo estuvo antes. Hay movimientos a derecha e izquierda de los gobiernos progresistas. La derecha  neoliberal siempre se mantuvo agazapada, esperando su oportunidad. Y aunque ya no cuenta con la unanimidad empresarial de que gozó en los decenios anteriores, no ha perdido capacidad de maniobra.El golpe contra Lugo no puede sino encender las alarmas, aunque responde a otro contexto (pues, en realidad, se trata de la debilidad del régimen  democrático burgués ante un “retorno a la constitucionalidad” muy reciente); y lo propio ocurre con las últimas amenazas contra el gobierno de Evo Morales, producto de una huelga policial, más el manto de cierta incertidumbre que se cierne sobre la situación venezolana, producto de la enfermedad de Chávez.

Hacia la izquierda, hay una evidente reanimación de la movilización social, sobre todo en el área andina, Bolivia, Perú y Ecuador, donde la minería, el agua y la tierra parecen constituirse en el eje central de la conflictividad social, a la que los gobiernos “progresistas” no han logrado dar una respuesta adecuada: igual que los gobiernos neoliberales anteriores, han terminado (a veces comenzado) por escudarse en la represión. Hace algún tiempo Raúl Zibecchi hipotetizó sobre un agotamiento de los gobiernos progresistas; entonces era aún temprano, ¿pero ahora?

Casa adentro

Casa adentro, ¿qué momento vivimos? Pudiéramos sintetizarlo en tres aspectos: en primer lugar, por su visibilidad, el período prelectoral; en segundo lugar, como movimiento determinante,un momento de consolidación de una nueva forma de dominación capitalista; pero, en tercer lugar, un momento en que también se han hecho más patentes los límites de esa nueva fórmula de dominación.

el período prelectoral

Tres campos político-sociales se perfilan. El período electoral lo inició el propio gobierno cuando los cambios en el gabinete ministerial de noviembre de 2011 fueron vinculados por Alexis Mera a un “replanteamiento” con miras al proceso electoral de inicios de 2013; poco después, en diciembre, la ministra Betty Tola reconoció (en son de broma, diría luego Correa) que el presidente postularía a su relección. A partir de entonces la consigna “relección, relección” comenzó a repetirse en varios de los mitines correístas que son presentados como “enlaces ciudadanos”. En efecto, el carácter fuertemente personalista del populismo vuelve inviable cualquier otra candidatura: ningún cuadro político ha podido proyectarse bajo la sombra del presidente; al mismo tiempo, las posibilidades de pervivencia de personas y grupos de Alianza Pais como parte de la nueva élite política depende de su sujeción o “fidelidad” a las decisiones de Correa.

La derecha se encuentra debilitada por las modificaciones que se han producido en la relación entre la clase y sus representantes políticos. Si ya un sector de las clases dominantes venía participando desde un inicio del proyecto correísta, ahora una parte de los grandes grupos capitalistas encuentra ya que el gobierno no le es tan desventajoso, y prefiere una vía de acercamientos, negociaciones y acuerdos, dejando de lado el tinte de enfrentamientos que caracterizó en un inicio la posición de las cámaras empresariales; las políticas anticrisis, el 30 de septiembre de 2010 y el código de la Producción son resultados de las nuevas relaciones existentes entre el gobierno y los empresarios.

La nueva situación exige replanteamientos políticos. Las posibles de candidaturas Lucio Gutiérrez y de Álvaro Noboa son expresión del momento anterior. Gutiérrez será el representante de los grupos dominantes sólo si ellos no consiguen crear una expresión propia; pero no es de fiar. Por eso se hacen necesarios los globos de ensayo que con poco éxito se han lanzado desde hace rato: desde vera hasta Rodas. Sólo la candidatura de Lasso puede cambiar el panorama, aunque probablemente no esta vez, sino para la siguiente; es una candidatura orgánica de la burguesía, con un discurso populista y con un programa que sería una continuidad “reformada” del actual proyecto correísta, dirigida ya plenamente por sus principales beneficiarios.

La izquierda tendrá algunas posibilidades de crear un campo propio, claramente delimitado tanto del gobierno como de las oposiciones de derecha, si logra convertir el proceso electoral en expresión política de la lucha social. Cualquier otra opción anularía sus posibilidades durante largo tiempo. Hay un buen terreno labrado: las luchas contra la ley de aguas, los encuentros de los movimientos sociales, la posición asumida ante la consulta popular, las movilizaciones de marzo. Pero también están las tentaciones electoralistas que presionan a acuerdos con el centro, que podrías desdibujar la opción de izquierdas.

La consolidación de una nueva forma de dominación

El correísmo representa la afirmación de un proyecto de modernización capitalista que, frente a la crisis de la gestión neoliberal, requería una nueva fórmula de dominación. Asume las siguientes características:

Modernización capitalista, que implica: construcción de un estado moderno capaz de representar los intereses estratégicos de la burguesía por encima de intereses particulares de tal o cual grupo; construcción de las condiciones generales de la producción y de la reproducción ampliada del capital: puertos, aeropuertos, carreteras, centrales hidroeléctricas, refinerías; dinero barato; modificación de la matriz energética, es decir, energía barata; generación de condiciones para ampliar el mercado y la frontera del capital, en un modelo en el cual los grandes capitales subordinan a los pequeños capitales, a la producción mercantil simple, a las economías domésticas, y en el cual los salarios y los ingresos de las clases trabajadoras aceitan la maquinaria mercantil como respuesta a la crisis global; una nueva inserción en el mercado mundial a tono con los desplazamientos del poder económico mundial y con el movimiento real de los grandes capitales “nacionales”, cuya base de acumulación ya no es el mercado interno.

Pero se trata de una modernización que no modifica ni el eje de la economía (que sigue anclado en la exportación de materias primas y en el extractivismo), ni la estructura de poder (las ganancias del capital se han incrementado durante el gobierno de Correa y los grupos más poderosos de la época anterior siguen siendo los grupos más poderosos de la era actual) –pero el Estado reclama una mayor participación en el reparto y en el manejo de la riqueza social.

Recomposición de la hegemonía de las clases dominantes sobre el pueblo, procediendo a un redisciplinamiento de las clases subalternas, cuya movilización contra el modelo neoliberal había resquebrajado la gobernabilidad capitalista. Para lograrlo combina una política de atención (aunque asistencialista y clientelar) de ciertas demandas sociales represadas durante el período neoliberal (salud, educación, salarios, precios de sustentación,…), con la implementación de un modelo autoritario de control y represión sobre la protesta social (exacerbación del presidencialismo como mecanismo de control y sometimiento, reformas al código penal, deslegitimación de las organizaciones “rebeldes”, división de las organizaciones sociales, creación y estímulo de organizaciones sumisas al poder gubernativo; criminalización de la protesta social).

En la medida en que el nuevo modelo presupone que el Estado (a través de la inversión pública, la generación de condiciones generales para la producción y el establecimiento de reglas “universales”) es el motor que estimula el despliegue de la economía capitalista, el proyecto se ha sustentado en los altos precios del petróleo y en el incremento de impuestos, que ofrecen los recursos para las altas inversiones requeridas; pero, como esto no es suficiente, se recurre al endeudamiento externo, sobre todo con la China, y se aspira a la explotación minera como nueva fuente de dineros frescos. Con eso, el auxilio de las remesas de los migrantes y el aumento del circulante en el mercado interno se sustenta un crecimiento que ha sido relativamente alto en los últimos dos años, sobre todo.

Es evidente entonces que la viabilidad económica del proyecto depende de las condiciones del mercado mundial, y estas, a su vez, de la evolución de la crisis mundial. Por otro lado, como el incremento del circulante en el mercado interno se sustenta en el aumento de salarios y en el creciente endeudamiento de las familias, la sombra de una crisis comienza a planear en los horizontes; por eso el propio Correa enciende las alarmas sobre la existencia de un “sobreendeudamiento”, especialmente de las familias con ingresos menores de 500 dólares mensuales.

En cambio, su sustentabilidad política depende de su capacidad de construir y mantener la nueva hegemonía, es decir, de los acuerdos con sectores importantes del bloque dominante y de mantener el “consenso activo de los dominados”, lo que consigue de modo contradictorio e incompleto, como veremos enseguida.

Pues, al mismo tiempo, se hacen cada vez más evidentes los límites de la nueva fórmula de dominación. De los límites económicos hablamos ya más arriba, de modo que vamos a detenernos un poco en los límites políticos.

El populismo de Correa ha tenido éxito en algo que fue una falencia central de gobiernos neoliberales: su capacidad de construir una nueva hegemonía y, dentro de ciertos límites, mantenerla. Pero esa construcción no es completa. El gobierno no logra concitar una importante movilización de masas en su respaldo, lo que se vio ya el 30 de septiembre de 2010, y se repitió durante las jornadas de marzo de 2012. El propio Correa ha reconocido que la organización y la movilización del pueblo siguen siendo dos puntos flacos de su proyecto: y para eso no alcanza con la movilización de votos. El respaldo que concita es pasivo, y el propio discurso gubernamental tiende a despolitizarlo. Además, como no busca ganarse a las organizaciones sociales, sino desorganizar los espacios con mayor capacidad de autonomía, entonces su crecimiento sólo puede darse sobre el vacío.

Las marchas de marzo mostraron que, pese a todo, el movimiento indígena aún mantiene su capacidad de expresión, y que puede concitar la adhesión de sectores sociales subalternos, incluyendo sectores de las clases medias, que resienten ciertos aspectos de la dominación correísta. Las reservas morales del pueblo impiden que el círculo de la dominación se cierre por completo.

Izquierda y elecciones

Una posición de izquierdas consistente únicamente puede sustentarse en la confrontación con la forma de dominación populista, al mismo tiempo que con los intentos más o menos renovados de las derechas. Pero, en las condiciones en que se presentarán las elecciones, el riesgo es que no se vea más que el proceso electoral y que el movimiento social sea disuelto en los intereses inmediatos de representación en el aparato estatal. El reto, como dijimos antes, es vincular la lucha social y presencia electoral. Pero, para que esto pueda darse, es necesario esclarecer un punto central: ¿con qué proyecto oponerse al modelo actual?

El período anterior puede ser ilustrativo: la resistencia popular al neoliberalismo fue minando su pretensiones de legitimidad, erosionando su gobernabilidad, destrozando su escasa capacidad hegemónica, inviabilizando su dominación. Pero el horizonte cuestionador se quedó en la gestión del capitalismo, no avanzó más allá. La izquierda, en el período anterior, no fue una izquierda antisistémica, sino la izquierda del sistema. Por eso, una vez caído el régimen neoliberal, una parte de la izquierda pudo embarcarse de manera entusiasta en un proyecto de recomposición de la hegemonía del capital.

La salida sólo puede ser la construcción de un programa realmente antisistémico, es decir, anticapitalista.

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